Texto de presentación del libro «Una poética del mal» (David Coronado)
En 13 mayo, 2018 | 0 Comentarios

El libro Una Poética del Mal, escrito por Rafael Medina, aborda una de las esferas más socorridas en la sociedad contemporánea, que une al orden social y al instinto con el único afán de darle a la sociedad uno de sus principales sustentos; por lo que coloniza la subjetividad, los gustos y las tendencias sociales con imágenes violentas que se apoderan y dirigen las emociones y sentimientos de los individuos.

En esta medida, la otrora apropiación simbólica de la cultura (Bourdieu, 1991: 246), ha sido desbordada por las experiencias íntimas con las que hacemos y participamos de la cultura (Lipovetsky y Maffesoli).

La forma en que Rafael Medina otea y abreva en el horizonte urbano pleno de violencia, incluye estos elementos generales y los particulariza en ciertos adminículos como el nihilismo contemporáneo, provocado por la violencia en la postmodernidad, que lo llevan a dar cuenta, en boca de uno de sus personajes, que «

con cosas así, Dios no puede existir»; pasando por la familia unida, entre cuernos de chivo, granadas y machetes… donde existe la «culta de la familia» —al más puro estilo de Lisa Simpson—, y es que leyó 3 libros, varios TVyNovelas y las Vanidades que se robó de las estéticas, lo que la ha hecho la muchacha culta de la familia; o también nos hace pasear en la abrupta serranía de una violencia capaz de romper con la certidumbre legal que es incapaz, a su vez, de luchar o, vamos, ponerle frenos a los procesos de desinstitucionalización. Todo esto Rafael nos lo va desplegando gracias a la utilización de la violencia como el motivo característico de la cultura contemporánea.

Pero no es una violencia cualquiera, sino que es una violencia que seduce, que apela a nuestros recuerdos, informaciones, vivencias y experiencias cotidianas, plenas de imágenes de agresión y actividades —cuando menos denotadas mediáticamente— que expresan una fascinación por la violencia, no como concepto en general, sino en el estricto sentido de las experiencias íntimas, plenas de imágenes, de estética, fascinación por la estética de la violencia y todo lo que este culto representa.

La fascinación descansa en la fuerza de las imágenes. Para Rafael la imagen es la fuerza del instante asociada a las emociones y sentimientos tradicionales que giran en torno a la pregunta «¿cuánto tiempo tiene una cabeza para pensar después de que es desprendida de su cuerpo?». Aunque la imagen sea individual, participa de un arquetipo social que favorece o prepondera la dimensión de la comunión que da la imagen de la gorda, madre de nuestros hijos, la gordita en cuyo eje gira la familia.

Es imposible comparar los alcances que puede ejercer la fascinación de la imagen respecto a los de la razón. Una imagen es capaz de proporcionar un puente entre los afectos y el sentimiento, entre la emoción y los valores tradicionales en los que se funda la familia mononuclear, y, no obstante, ser narcotraficante con todo y defectos; puede decir que «nunca creí que todo fuera varo, troca y choza».

Y este es el gran secreto de las imágenes. Porque al mismo tiempo que proyectan bienestar y placer —o a la inversa, terror y miedo—, seducen gracias a que evitan definiciones y abstracciones. Con la imagen puede alcanzarse un poder de sugestión que no se podría obtener con un discurso extenso, se podría decir que la imagen seduce gracias a que los sujetos nos remojamos el cuerpo en el olor de la manada, por ejemplo cuando compartimos de manera unánime que Omosexual se escribe sin hache, cuando gracias a esta convención comulgamos en la eucaristía administrada por el mandamás… Este compartir de la vida es lo universal, es un verdadero politeísmo que rebasa la relación entre lo bueno, lo bello y lo justo, para caer en los terrenos de la emocionalización de los instintos… de la estetización de la ética.

Seducción y fascinación van de la mano. Independientemente del significado del fascinum y de su peso falocrático, cuando la imagen del Estopas nos ha fascinado por su ductilidad para incorporarse a sus funciones y desempeñarlas de manera eficiente, nos cala más hondo porque logra presentar a la violencia como el vehículo capaz de eficientizar y estabilizar las relaciones sociales. Porque no hay que olvidar que «Hay una fila culerísima de güeyes como yo preparando el fierro», así como tampoco que gracias a la violencia el Estopas logra el respeto y el temor de los de su barrio.

Hay que aceptar que cada imagen que nos cala es como un sueño o un fantasma que flota y se agrupa en la ética de la estética individual, donde los sujetos tenemos la osadía de crear imágenes al infinito, ilusiones que corresponden, cada una, a un sueño por cumplir… es «esa extraña economía del tiempo en el mundo del inconsciente»; es la imagen del secuestro que rompe la burbuja de seguridad garantizada por la cotidianidad: finalmente tenemos que aceptar que me tocó a mí.

Si cuando la violencia nos roza la arrinconamos en el inconsciente, aunque experimentamos miedo y temor sin tener claro por qué, cuando la ejercemos nos fascina y seduce a través de su embellecimiento, depurándola de sus aspectos repugnantes y eliminando cualquier estímulo que pudiera disuadir o desarticular su utilización, quedando una imagen de la violencia como susceptible de imitación, especialmente cuando es perpetrada por un agresor atractivo que actúa por razones moralmente adecuadas y que es recompensado por sus actos violentos. Ésta es una consecuencia del libro Una poética del mal, porque muestra las acciones violentas que llevan aparejadas consecuencias visibles que resultan muy desagradables.

Pero volviendo a la noción de estética de la violencia, que es una noción seductora, relacionada con el principio del placer, con el juicio eudemónico, cuya finalidad es calificar la felicidad más que aclarar o mostrar la verdad o la falsedad de las cosas. La estética invita a dejar el camino de la lógica y del pensamiento riguroso en aras de la experiencia particular. Por lo que el sujeto contemporáneo es más estético que lógico o ético.

En este sentido, hablar de una estética de la violencia está plenamente justificado. De la misma manera que es hacerlo de una estética de la política, ideología o economía, pues implica excluir las consideraciones éticas instrumentales, religiosas y de cualquier otro tipo de la esfera del gusto… Está representada en los principios de l’art pour l’art. Ahora bien, hablar de la estetización de la política produce repulsión no meramente a causa de la impropiedad grotesca de aplicar exclusivamente criterios de belleza al accionar de los seres humanos, sino también a causa del modo escalofriante en que se excluyen deliberada y provocativamente de toda consideración los criterios no estéticos.

La reclusión de la estetización en el ámbito del propio gusto llega hasta la misma esfera de la muerte. En el cuento «La Beca», el protagonista está «Encantado y hasta con el cheque matador y contundente en la mano…». Dinero, poder y servilismo: moldeando el cuerpo según la estética de quien paga. En esto estriba la belleza de lo feo, es decir, cuando se relativizan los términos se puede encontrar la belleza en la muerte o en ocasionarla. Este sería el caso extremo de l’art pour l’art, Ésto es lo que hace Rafael Medina, encuentra la tendencia social que busca lo bello en el asesinato, en la reafirmación social que separa todos los criterios que pudieran valorar lo estético, excepto los suyos propios.

Aquí encontramos un reducto más a discutir, ¿cuándo se es o no amarillista? El amarillismo insensibiliza, los textos de Rafael sensibilizan, ¿por qué? Porque la estetización de la violencia significa el triunfo del espectáculo amarillista en la vida cotidiana.

La respuesta estriba en que desde la visión de los asesinos, delincuentes y violentadores en general, se identifican los motivos de las acciones, se comprenden los significados de sus acciones. Lo que significa la identificación de la estética de la violencia con la irracionalidad, la ilusión, la fantasía, el mito, la seducción sensual, la imposición de la voluntad y la indiferencia humana a las consideraciones éticas, religiosas o cognitivas, es una aberración contra la humanidad, es un crimen de lesa humanidad. Lo que iría mucho más allá de concebir a la estética de la violencia como el apego de la juventud a la adrenalina y a los juegos extremos.

Ésta es una de las consecuencias del significado de la emocionalización y sentimentalización de la sociedad contemporánea. Su acentuación borra del mundo cualquier cosa que implique esfuerzo o proyecto de vida. Desde el momento en que no hay norma ética más allá de la ética de la estética se debe vivir con intensidad lo que ofrece esta tierra… Y la estetización abarcaría, entonces, a la Beca o al Estopas, pero también la vida intensa de cualquier momento particular, preñado de adrenalina: el salvajismo de las drogas, del alcohol y de cualquier excitante psicotrópico, o simplemente correr por la carretera a 180 kilómetros por hora… en sentido contrario.

Un sociólogo podría situarse detrás de la máscara del imagólogo, disfrazado de hermeneuta, para comenzar a hablar de la seducción de la violencia. Aunque no es gratuito, porque la violencia está en el centro de la discusión en este momento mas no como proyecto, sino simplemente como la vida misma, lo que rebasa cualquier narración: es la confusión y el extravío de los medios y los fines.

Rafael Medina deja claro que la violencia se ha convertido en cosa y, entonces, se ha convertido en un fin en sí misma. La autonomía que ha adquirido la esfera de la violencia debería causarnos pavor. Es necesario revalorar el carácter netamente destructivo de la violencia, en un ambiente de desublimación fascinante y seductora que determina el accionar de los sujetos, especialmente el de los jóvenes. Ha pasado de medio hacia un fin en sí misma, para adquirir nuevamente connotaciones de medio, pero esta vez de medio privilegiado capaz de expresar la existencia de los sujetos; es decir, ha pasado de una violencia instrumental hacia una violencia destructiva, mediante la cual los sujetos han sido nadificados a cambio de expresar la existencia de quien la ejecuta, pero ahora bajo el mandato ético de la inapelabilidad de la esfera del gusto. La premisa central para este paso es que los individuos en la sociedad contemporánea encuentran en la violencia la forma privilegiada ad hoc para expresar, autotélicamente, su existencia.

Para finalizar solamente queda hablar de las instituciones, porque actualmente no hay certidumbre legal contra la desinstitucionalización, especialmente cuando un joven puede decir de su padre: «recibió una dura lección de vida». Ahora la tragedia de la existencia imposibilita cerrar la vida en las fuentes institucionalizadas. Además del drama y la tragedia, la estética de la violencia acepta otras lecturas, incluso las burlescas. Lo trágico y lo cómico se entrelazan en la vida. Aquí el único problema es que hablamos de millones de jóvenes que por generaciones han caminado por las sendas de las redes deshilvanadas de la vida depauperada…

Hablamos de millones y millones de sujetos que no alimentarán al ejército industrial de reserva, hablamos de sujetos que por generaciones han alimentado al ejército silencioso del lumpemproletariado… hablamos de sujetos que han nacido, crecido y que morirán en la postmiseria; que engendrarán a otros muchos más y que viven fuera de la normalidad. «Hay una fila culerísima de güeyes como yo preparando el fierro». Es otro mundo, otra existencia. Es lo que se denomina postmiseria.

La interpretación de la violencia desde la seducción y la fascinación hasta la postmiseria implica contemplar la existencia de los jóvenes que viven hasta el límite, lo que les provee de un escenario trágico personal, del individuo en el mundo, con el que cotidianamente deben cargar mezclando con su propia sobrevivencia matices que son de guerra. Paralelamente su existencia es desarraigada de todo tipo de consideración ética, instrumental, religiosa y de cualquier otra especie que no pertenezca a la de una estética de la violencia.

El acto de naturalización social e institucional de la violencia cuenta con la connivencia de los que testificamos su autonomía y discurso autotélico. Está encerrado en el silencio socio-institucional e instintivo del sujeto porque no es exterior a él, a su lenguaje y, recursivamente, está presente en el origen y regeneración de toda interacción e institución.

**Texto leído por el doctor David Coronado en la presentación del libro «Una poética del mal» de Rafael Medina en la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica el pasado 23 de mayo de 2014.

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