Presentación de «Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica», por Cecilia Magaña
En 13 mayo, 2018 | 0 Comentarios

«Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Eso dice Capote, a quien ha citado Mario en más de una ocasión dentro de los talleres a los que he asistido como alumna y en los que he experimentado, por supuesto, el chicotazo de su látigo, seguido del propio. Capote no podría haber sido más atinado, aunque tal vez yo diría que el látigo también sirve para dar a otros con él, y formarlos en el uso de su látigo personal. Por esto estoy muy agradecida con Mario… aunque a diferencia de Capote en su prólogo a Música para camaleones, Mario Heredia me ha demostrado una y otra vez que si el oficio de escribir no es un placer en sí mismo, si la horas que uno invierte en crear y corregir no son un gozo, entonces el don se mata a latigazos. La pasión por el oficio, como misterio gozoso, está tan presente en Mario, que quien haya tenido con él una conversación puede hacer aquí de testigo para confirmarlo. También quien haya leído Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica, el libro que esta noche presentamos.

«Los escritores, cuando menos aquellos que corren auténticos riesgos, que están dispuestos a jugarse el todo por el todo y llegar hasta el final, tienen mucho en común con los que se ganan la vida jugando al billar y dando cartas», dice también Capote en aquél prólogo, y otra vez pienso en Mario. He leído buena parte de su obra: compleja en el manejo del tiempo, cargada de imágenes poderosas, sonidos y voces polifónicas, de un humor que duele, de un dolor que esculpe personajes que no se olvidan aunque pasen los años. Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica promete desde el título, ser una especie nueva dentro de la obra de Mario. Después de leerlo y reírme, de seguir los giros en la vida de Silvestre, haciendo las pausas necesarias para asimilar el vacío (explícito y entre líneas) con el que Mario ha tejido esta historia, he llegado a la conclusión de que si esta novela fuera un animal, sería precisamente un camaleón. Parece, a primera vista, un animal hecho para la venganza, pero poco a poco cambia sus colores y revela algo más.

Las machincuepas… narra la historia de un soldado que perdió una pierna. Un soldado mexicano, que no la perdió en alguna guerra. Esta pérdida es el arranque, que recuerda aquellas novelas de desarrollo en las que un personaje empieza en un punto y termina donde menos se lo imaginó. «La pérdida de su pierna había sido la única pérdida, la que lo había vacunado contra cualquier dolor futuro». La prosa, como siempre (y es que el látigo de Mario es implacable), cuidadísima y cargada de múltiples significados, nos cuenta la vida de Silvestre a través de tres voces: la de Silvestre, su protagonista, la de un narrador entrometido y una especie de coro compuesto por una tercera voz, tal vez la más íntima, la más ácida, o la más juguetona de las tres. Aquí una muestra: Eso pasa a veces, le dice el doctor a la enfermera como si le estuviera dando una clase; la gente siente un rechazo por las prótesis, prosigue con la clase mientras se acerca al enfermo. Vamos a ver, vamos a ver, no hay que ser tan infantil, muchacho. Mira, si es una maravilla de la tecnología. Me destapo sólo lo suficiente para ver aquella figura. Huele a plástico, digo. Cómo va a oler a plástico si está hecha de los materiales más modernos que no tienen nada que ver con el plástico. A hule, si huele a hule, huele a hule, huele a hule. Ah, la cadencia me lleva, el mar, el mar. Sí, huele a hule y su color… No tendrás que exhibir su color, sólo tendrás que acostumbrarte a ella. Se le puede poner una media color carne, dice la tonta de la enfermera Doris.

Karen no sólo se quitó las zapatillas rojas, también se cortó los pies porque sabía que esa sería la única forma de expiar la terrible culpa de ser feliz por un instante. Cuando yo me casé ni siquiera conocía al novio, me contaba mi abuela. Pero mira, gracias a Dios me salió un buen hombre tu abuelo, casi nunca me pegó y siempre me trajo el gasto, aun cuando tuviera tres familias más, nunca nos desprotegió; era un gran hombre, no cabe duda. Silvestre la mira, mientras el doctor baja la sábana y la acerca. Silvestre, ¿aceptas por esposa a esta pierna ultramoderna importada de Alemania, la cual a cada impulso eléctrico puede mover la rodilla, tobillo y cada uno de los dedos? Duda. No tardes en decidirte, mejor acepta. Sí, acepto. Pierna ultramoderna, prótesis teutona, aceptas por esposo a Silvestre, estudiante del primer semestre de medicina en la Escuela Médico Militar, quien ya no podrá seguir estudiando porque tuvo un accidente que lo dejó mutilado, pero que de seguro encontrará otra profesión… No, grita la pierna y sale brincando por todo el cuarto. Deténganla, grita el doctor; que no se vaya. Ah, qué humillación. Los niños muertos juegan con sus propios sueños, son tan pobres los niños muertos.

Las peripecias de Silvestre, a quien Mario ha nombrado con la malicia de siempre (al igual que el responsable de que Silvestre pierda su pierna, que se llama como el autor, en un guiño de metaficción), lo llevan a experimentar, como buen hedonista, todo el gozo que se encuentra en el vacío, en el dejarse ir. Así, uno lee a Silvestre jugando a ser soldado y consuelo, urdiendo planes de venganza entre las mesas de un centro nocturno con show travesti, o rellenando cerdos para el narco, enamorándose de una asesina que bien podría aparecer en una película de Tarantino y volviendo a maravillarse ante la vida y la muerte porque, cito: «no le da miedo el cambio, al contrario, está plenamente consciente de que este desequilibrio que le da estar cojo, hace que no pueda encontrar el punto medio en ningún lado, y con eso no encontrar asidero en ningún pedazo de tierra». Esto es todo lo que les voy a decir de la novela, porque, lo confieso, en las presentaciones siempre estoy esperando el momento en que el autor lea un fragmento y las interpretaciones de los invitados las escucho como entre sueños. Así que para que la lectura de Mario llegue más rápido y ustedes terminen de emocionarse y lean Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica, necesito volver a Capote, que concluye su prólogo diciendo: «Entretanto, aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio». Y aquí está Mario Heredia con su luminosa demencia, con su baraja de naipes, su látigo y ese gozo en el oficio que no sé si fue Dios quien se lo dio. Aunque estoy segura de que Silvestre diría que no.

Cecilia Magaña

14 de junio de 2012

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