El libro y sus aliados
En 13 mayo, 2018 | 0 Comentarios

Como ya es una agradable costumbre que esperan los lectores, este 23 de abril de 2009 se regalará a los clientes de las librerías de Guadalajara el título El libro y sus aliados del poeta Vicente Quirarte con motivo de la celebración por el Día Mundial del Libro.
Esta publicación aparece con el sello de Rayuela Diseño Editorial y es fruto de los empeños de Avelino Sordo Vilchis, creador de la idea, responsable del diseño y quien coordina las voluntades de otros profesionales que hacen posible la edición: Elías Ortiz de Editorial Pandora, que imprime; Alicia Félix de Genera Preprensa, que hace los negativos; Tirso González de las Librerías Gonvill, que pone el papel; y Felipe Ponce de Ediciones Arlequín, que cuida la edición.
Se imprimen 3000 ejemplares y se distribuyen en las librerías Cervantes, Porrúa, Cristal, Gandhi, El Sótano, José Luis Martínez del FCE, Rutyart, Siglo XXI, en el puesto de revistas de Morelos y Américas y en las más de veinte sucursales de Librerías Gonvill.
La publicación se regala a quien compre un libro durante el 23 de abril.
La edición conmemorativa del Día Mundial de Libro se ha publicado desde 2001 y con el actual suma nueve títulos, que son:
• Elogio al libro de Jorge Esquinca (2001);
• Imposible que hables sin mis ojos, 23 poemas sobre el libro y la lectura de Felipe Ponce (2003);
• La mirada mútiple, voces de catorce lectores (varios autores) (2004);
• El espejismo de la comunicación global de Fernando del Paso (2005);
• Otro cantar, invitación a la crítica literaria de Luis Vicente de Aguinaga (2006);
• Quien despertará el final de mi sueño, cinco cuentos para celebrar el libro, con obra de Eugenio Partida, Cecilia Eudave, Mariño González, Marco Aurelio Larios y César López Cuadras (2007);
• Fervor intacto. El libro, el lector, la lectura, tres ensayos de Jorge Luis Borges, Albert Beguin y George Steiner (2008).
A continuación, un fragmento de El libro y sus aliados de Vicente Quirarte:

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El libro y sus aliados

Es flexible, es sólido, es ligero. Fuerte como la memoria, existe en nuestra vida desde antes de que tengamos uso de razón. Sobre él se registran nuestros primeros hechos sobre el planeta. En uno similar se da cuenta del fin de nuestra aventura. Acompaña nuestro nacimiento y sin él no somos para el mundo. Se parece a su nombre, limpio y breve, labial y líquido: papel. Transformado en plural, adquiere peso, prestigio, poder. Sus papeles, exige la autoridad desde sus múltiples rostros como justificación de nuestros actos rituales o de aquellos que, voluntariamente, realizamos para la modificación de la realidad. Los papeles de un escritor son tan vitales como los papeles de un financiero. Cada uno defenderá hasta la muerte el valor y la vigencia de ambos.
La escritura autógrafa es la cercanía más próxima que el lector puede tener con el cuerpo del que escribe. Desde la mano que en la caverna de Lascaux imprimió su huella para dejar testimonio del paso de su dueño, la humanidad se ha empeñado en encontrar materiales y soportes que guarden de mejor manera los signos de la comunidad que en ellos se reconoce. Imposible concebir una sociedad sin papel. Hasta ahora, nadie ha demostrado que otros medios de transmisión tengan garantizada su existencia futura. En cambio, el papel ha resistido el paso de los siglos. Otros materiales han tenido, en el uso corriente, una vida igualmente prolongada. El papiro, fabricado a partir de una planta que crece a orillas del río Nilo, fue utilizado desde el tercer milenio antes de nuestra era hasta una bula papal del siglo XIII. Ocupa, prácticamente, toda la Historia de la Antigüedad. Los griegos lo denominaron Byblosporque tal era el nombre de la ciudad fenicia desde la cual se exportaba el artículo. De ahí se deriva la palabra Biblia, que significa El Libro, y el resto de las etimologías que tienen relación con su universo. El libro impreso, tal como hoy lo concebimos, y que transformó radicalmente el uso del papel, tiene entre nosotros un poco más de 500 años. Sobre papel trazó Leonardo da Vinci bocetos de máquinas voladoras. En un soporte semejante, también flexible y delgado, llamado amate, los escribas de este lado del mundo —llamados tlacuilos—dieron noticia de la llegada de naves, hombres y criaturas desconocidas.
El año 105 de nuestra era, en China, Cai Lun presentó al emperador Han Hedi un material para fijar imágenes y signos, menos caro que la seda, más ligero que el bambú. El papel entraba en la historia para modificar radicalmente la forma de comunicación. A los chinos se debe también la invención de tipos móviles, antecedente de la imprenta. Fieles a su mística de manejar el pincel como si fuera una espada —alma del samurai—, los orientales privilegiaron la exigente limpieza de trazo de la caligrafía. Occidente hizo de la imprenta la transformadora del papel.
Los primeros libros impresos apenas se diferenciaban de los manuscritos, debido a la cantidad de tiempo que demandaban. La letra hundida en papel de trapo blanco requería de una gran dedicación y un cuidado artesanal. Nacidos con el humanismo renacentista, los libros y sus pobladoras, las letras, reflejan la que Lucca Paccioli llamaba Divina Proporción. La dimensión aúrea forma parte del arte tipográfico y maestros como Geoffroy Tory se inspiran en diseños de Alberto Durero y Leonardo da Vinci. Semejante sabiduría llega a nuestra tierra y aparece la edad de oro en la imprenta americana, en los nombres de Espinosa, Ocharte, Zúñiga y Ontiveros, cuya tradición es defendida heroicamente por Juan Pascoe en la imprenta michoacana donde en sus prensas manuales lucha por mantener la gran tradición tipográfica. En el siglo XVIII aparecen los grandes nombres de la tipografía, que otorgan su nombre a sus trazos: Bodoni, Caslon, Baskerville, Garamond diseñan letras tan perfectas que aún hoy forman parte de nuestro cotidiano patrimonio.
La utilización de nuevos soportes está directamente relacionada con el poder. En el siglo II antes de nuestra era, el rey de Pérgamo —actualmente Bergama, en Turquía— ante la imposibilidad de exportar papiro y a causa de la elevación de su precio, animó la fabricación del pergamino, a partir de pieles animales, cuya forma rectangular determinó que adquiriera la forma y disposición que actualmente conocemos. Este nuevo material demostró ser no sólo resistente sino permitió el nacimiento del libro con las características generales que conocemos ahora: un conjunto de hojas unidas entre sí.
A pesar de los considerables avances en la técnica, el procedimiento para fabricar papel continúa siendo, de manera general, el mismo que se utilizó en sus comienzos. Se tritura una serie de elementos vegetales —que tengan alto contenido de celulosa— hasta convertirlos en una pulpa. Luego se coloca en un bastidor para eliminar el exceso de agua, se pone a secar y se aplana hasta obtener el grosor deseado. En nuestros días, la industria produce anualmente 300 millones de toneladas de papel. Los defensores del libro electrónico argumentan que la nueva tecnología permitirá la proliferación de los bosques. En defensa del libro y su permanencia, es preciso aclarar que de los árboles talados en el mundo, sólo el 14% se destina a la industria papelera, misma que, a diferencia de otras que se valen de la madera para sus productos, se ha caracterizado por el cuidado y defensa de los bosques.
Desde el título de su libro The Gutenbereg Elegies. The Fate ofReading in an Electronic Age, Sven Birkerts declara que es inútil evadir los beneficios de la técnica. Con los métodos electrónicos, las bibliotecas y otros centros documentales han ganado espacio. Para que las letras lleguen al lector de un diario, el trayecto ha sido fundamentalmente electrónico. Pero el resultado final está impreso sobre papel, sobre humilde, heroico y multifacético papel periódico. El ritual de llevar bajo el brazo ese conjunto de oraciones matutinas del hombre civilizado —recuerda Teresa Camarillo— al café, y sentirse el primer usuario del día, es un placer que exige cada vez más un mayor grado de espiritualidad. Si sólo leemos en la pantalla, dice Birkerts, y en nombre de la velocidad exigimos cada vez mayor eficacia, ¿qué sucederá con nuestro sentido de cultura y continuidad? ¿Cómo podremos apreciar en un escritor la subjetividad diferenciada, la ensoñación, la articulación verbal, la pasión mental, todo aquello que rechazan la pasión mercantil, la cultura del desecho?
El papel nos enfrenta, desde las primeras letras, a un diálogo callado y solitario con nosotros mismos. Cuadriculado para las operaciones matemáticas; pautado para que en él se posen las notas como aves; el papel vacío defendido por la blancura, como exigía Stéphane Mallarmé.
De la elección del lado oscuro o luminoso de la fuerza depende el destino que demos al papel, el homenaje que rindamos, al utilizar esa invención que forma parte esencial de nuestra vida. En defensa de la hoja, pureza silenciosa e invitación al viaje, dejemos la palabra a José Emilio Pachecho, el poeta que mejor ha sabido profetizar desastres y prodigios de nuestro tiempo.

Página
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gustan mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
Es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.

* * *

Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954) ha publicado libros en géneros diversos: Peces del aire altísimo (1993), Sintaxis del vampiro (1996), Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (2001), Razones del Samurai (Poesía reunida, 2000). Fue director de la Biblioteca Nacional. Actualmente trabaja como profesor e investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México y es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

 

 

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