Eclipse total de corazón
En 13 mayo, 2018 | 0 Comentarios

Texto de Luis Armenta Malpica para la presentación de «Arthasastra»

La primera vez que leí el término Aion fue en un disco del grupo Dead Can Dance, hace ya varios años, en donde se incluía un tema del sol negro, algunas peculiaridades medievales y de oriente. Ahora, gracias a la invitación de Felipe Ponce (director de Ediciones Arlequín) vuelven a coincidir algunos elementos en el poemario Arthasastra, de Carlos Reyes Ávila. El título parece aludir a una recopilación de manuscritos sánscritos o al libro auxiliar del rey, para la adquisión y protectorado de la tierra, atribuido a Kautilya, especie de Maquiavelo hindú. Para el profesor Ulises Faúndez Tejos, académico del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Chile, Chandragupta, fundador de la dinastía Mauryan, en el siglo V de la antigua India, llegó a ganar el trono de los Nandas, desde la ciudad de Pataliputra. Su éxito en la gestión monárquica puede atribuirse a los consejos y guía de su hijo adoptivo Chanakya-Kautilya, ministro brahmán del Interior, quien escribió el Arthasastra (Ciencia de la política), un tratado sobre administración pública, que discute los deberes y derechos de los reyes, ministros y otros oficiales del gobierno. Proporciona detalles sobre variados asuntos de Estado y también acerca del comercio, la industria, la legislación, la guerra y la paz, la diplomacia, el matrimonio y el divorcio y sobre estrategia militar. Por demás, el Arthasastra, sigue siendo hasta hoy un excelente libro sobre estrategia política. El texto original fue traducido del sánscrito al inglés, y el profesor Ulises Faúndez Tejos (geógrafo y especialista en teledetección aeroespacial) ha traducido al castellano sólo los capítulos XI, XII, XIII y XIV, en los que se hace mención explícita al “espionaje, el servicio secreto, su administración y sus reglas de operación”, con el propósito de hacer una comparación nemotécnica con el que tradicionalmente se considera el texto más antiguo donde se menciona el espionaje: El arte de la guerra, de Sun Tzu, del reino de Wu, en la antigua China. Es un hecho que ambos escritos son relativamente contemporáneos, sin embargo la diferencia es importante toda vez que el maestro Kautilya era un filósofo y un político, mientras el maestro Tzu fue militar.
Ya con estos datos no parece arbitrario iniciar un poema con el subtítulo “No he venido a poner paz/ sino espada” y admitir, de buenas a primeras, ser el espía del sol. Faltaba que un poeta hablara de las cosas de los filósofos, los políticos y los militares para hacernos saber que Arthasastra no nace para todos.
Según el Arthasastra (capítulo XI) “los espías pueden caracterizarse bajo el aspecto de un discípulo falso, un recluso, un mayordomo, un mercader, un asceta que practica austeridad, un condiscípulo o colega, un sujeto marcado a fuego o una mujer mendicante. Explica que, por ejemplo, una persona habilidosa, capaz de leer la mente de los otros es un falso discípulo. […] Sostiene que, quien se ha iniciado en el ascetismo y posee el don de ver más allá y tiene un carácter puro, es un espía recluso. Este espía, provisto con mucho dinero y discípulos, […] proveerá a todos los ascetas de subsistencia, vestido y alojamiento y enviará a hacer espionaje a aquellos de entre los cuales se encuentren bajo su protección y estén deseosos de ganarse la vida, ordenando a cada uno detectar una clase particular de crimen cometido, en relación con los dominios del rey y reportárselo cuando vengan a recibir su sustento o salario. Cada uno de los ascetas deberá enviar muchas veces a sus seguidores a similares diligencias”.
Carlos Reyes Ávila, crea un “espía del sol” y al propio “dios cabeza de león: Aion” en una zaga posmoderna que lo mismo conjuga elementos de oriente y occidente, antiguos y modernos, con desaliento y caos al principio y un afán trascendente al final del camino, de la noche, de los nueve senderos, por lo que circunscribe su historia a las otras historias repasadas en tantas religiones y doctrinas. La estética de un libro de viajes (las muchas diligencias, a la manera de los trabajos de Zeus o de los cantos de Zarathustra) con la recopilación fortuita de libros, conocida desde los evangelios y, más en la línea de este libro, con las obras del cairota Edmond Jabès. La novedad, parece, es conseguir una voz muy pequeña que persiga la luz como una palomilla, sin calcinar sus alas. Y qué mejor espía que un insecto que confía en ganarse a los ángeles e incluso cita a Ícaro. En dónde no ser visto si se está entre la luna y el sol y son el mismo espejo reflejado.
Emparentado con Canción al prójimo, ese libro “medio esotérico” de Hugo de Sanctis (premio Aguascalientes 1983), manifiesta los mismos aciertos y desmesura. Ecos que “aburrirían la noche con su adulta palabrería de asfalto”, para decirlo con el poeta coahuilense. Porque a veces “la palabra es sólo lo que puede ser… una mala interpretación”, donde se privilegian las ideas y el tintinear de las campanas que le cantan al “Todo”, dejando fuera esa humildad del “todos”. Y es que un tono solemne (oh, paradoja) retrata la ironía: un espía muy hermético va detrás del gran revelador de la historia del mundo. Palomilla y espejo. La sombra tras la luz.
Que un sol testigo sea asediado por quien busca la luz (aunque eso represente el peligro de su extinción) y con ello consiga la pureza, a través del perdón, sienta las bases de una obra narrativa. A partir de los momentos que se definen como “Cit, Sat, Ananda” y “El libro de las correspondencias secretas” y hasta antes de “Los 10,000 eones” el libro adquiere fuerza. Quizá porque asimilan y no tratan de justificar los epígrafes monstruosos que anteceden a la obra y le dan un carácter de libro de superación o de ocultismo, que por fortuna no tiene. Sin que cambie su monótono encabalgamiento (posiblemente así funcione un raga ceremo-nial), el texto se desliza sin más dificultades que su propia retórica. Más que un manual es la mitología la que nace y declina en las manos de un nuevo Prometeo. En La guerra del fuego, película de Jean Jacques Annaud, la pérdida del fuego y su recuperación se obtiene sin palabras. Otro hallazgo de Carlos Reyes Ávila radica en obtener de las palabras mucho brillo, calor y quemaduras.
Con “Weland, el herrero” (aunque uno se pregunte qué hace Weland y no cualquier otro forjador de espadas, menos arquetípico, en el libro, si es que hablamos del mismo que estudia Mircea Eliade) regresamos a la buena factura del poema. Y no digo que las secciones que me salto resultaran medianas, sino que me incomoda su afán informativo, su tinte pedagógico, antes que evocador. Y donde un profesor justifica más a Lichtenberg (la luz de su apellido es un pretexto) que a la historia narrada.
En cambio, los tres textos finales: “El medio correcto en manos del hombre erróneo”, “Tauroctonia” y “Libro del sello del corazón” me dejan satisfecho. Por gusto personal hubiera preferido, dado el tema, más Borges y menos Jodorowski. Carlos Reyes optó por la combinación de las muchas palabras, hasta que calentó lo suficiente el corazón espía. Dejó de confundir el sol con el dedo que lo señala, supo que no hay mayor secreto que los de la sangre y dedujo que “somos el espejo de nuestros sueños rotos”.
La portada del disco Aion era un detalle de El Jardín de las Delicias, de El Bosco. En un fragmento esclarecedor Reyes Ávila marca sus postulados para el disco celeste:

Queremos dejar atrás el jardín de aquellos días
y entre más avanzamos más nos acercamos.
Devoramos los frutos una y otra vez,
nunca aprendemos que la batalla termina
cuando aceptamos que hemos de vivir con ella
como los demonios que llevamos dentro.

Los demonios nos enseñan
que quien no cree en ellos
jamás perecerá en sus garras.
Luego surge la pregunta:
¿Qué sucede cuando el demonio
lleva nuestra misma sangre?

y en “El libro del elíxir”, concluye:

El jardín será entonces otro
que aquél que dibujamos en las herejes
catástrofes de la ilusión.

Del comienzo de lo vasto, donde “la luna cuelga en su perchero de agua/ su mitad oscura” a la ascensión del día que lleva “su vanidad a cuestas”, en la cual “figura dulce la ilusión”, todo ha sido un girar en torno al sol: un jardín (el afuera), un espejo (el adentro). Dice el autor: “El libro está concluso, es decir, sin empezar, dibuja sus primeros testimonios”. Coincido plenamente. Lo que sigue es que sangre el corazón… que cicatrice.

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